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Es un tipo de arma que por sus características se tardó mucho en identificar como tal, ya que se englobaba dentro del grupo de puñales o de hachas de pequeño tamaño. Si bien fue diseñada para una función muy específica que refleja el grado de especialización del que gozaban las sociedades prehistóricas y que años atrás la arqueología y la historia les había negado.

Eran armas ofensivas que solían poseer determinados guerreros que, al morir, se enterraban con ellas dado su gran valor simbólico e identificador del grupo social dominante. Constaban de dos partes: una pieza metálica con forma apuntada fundida en molde bivalvo; y un astil de madera que se enmangaba en ángulo recto, del que en contadas ocasiones nos queda resto alguno.

Conjunto de alabardas publicada en la obra de los hermanos Siret
Conjunto de alabardas publicada en la obra de los hermanos Siret

Los hermanos Siret en su gran obra “Las primeras edades del metal en el S. E. de España” ya establecieron las características que diferenciaban este tipo de arma de los puñales (1890: 183 y 184):

“Las alabardas tienen una base más ancha, son más macizas y llevan un nervio central cuyo objeto sería darle una mayor solidez y algún mayor peso en relación con el uso a que se las destinaba. Las fibras de madera (que se habían conservado) eran perpendiculares al arma. Los pasadores son muchos más largos y sólidos, viniendo estas armas a remplazar a las hachas en los ajuares funerarios de los hombres.”

La descripción era tan completa que poco más se ha podido añadir en posteriores investigaciones. Una vez identificada como una pieza nueva se pudo establecer su tipología. Fue E. Cuadrado en 1950 quien estableció la primera diferenciación y clasificación de sus formas (“Utiles y armas de El Argar. Ensayo de tipología”):

  • Tipo I: es el tipo de puñal. Hoja triangular aplanada con fuertes pasadores
  • Tipo II: análoga al tipo anterior pero con más espesor de hoja y clara insinuación de nervadura.
  • Tipo III: los bordes de la hoja adquieren concavidad.
  • Tipo IV: gran preponderancia de la concavidad. La longitud de la enmangadura es casi igual al de la hoja, siendo ésta estrecha en su totalidad y aguda.

No obstante está no sería el único ni el definitivo intento de establecer una tipología de este arma y no sería hasta 1973, cuando Schubart publicó un artículo dónde rebajaría a tres las clases y tomaría como principal característica distintiva el lugar dónde fueron encontradas y por lo tanto manufacturadas (Tipo Carrapatas, Tipo Montejícar y Tipo Argar). Es decir, centró el estudio de los tipos de alabardas a que fueron producidas en diferentes talleres lo cual no deja de tener sentido pero, como más tarde se ha comprobado, no fue el único factor.

Y, es que, si algo caracteriza a la cultura de El Argar fue la economía. El vivir en un medio agreste les confirió un carácter marcadamente “espartano” y la evolución tecnológica de su armamento, de las alabardas más concretamente, es una prueba más de ello. Vicente Lull argumenta en su obra “La cultura de El Argar” (1983: 194) que para obtener una mayor rentabilidad con el mínimo gasto de materia prima, se debería tender a adelgazar la hoja justo en la parte anterior al enmangamiento. De ese modo, se podrían aislar los diferentes tipos de alabardas atendiéndose a valores puramente cronológicos. Incluso se podría argumentar que la alabarda surgió como una rentabilización extrema de otros artefactos (como puñales y cuchillos) de los que se fue desmarcando y diferenciando para cumplir otras funciones.

Algo que no casa con tal aproximación a esta cultura es el hecho de que este tipo de objetos con una función y utilidad tan específica (fueron producidos para su uso) hayan sido encontrados, en su mayoría, en enterramientos junto con otros objetos y adornos. La amortización de estos objetos incita a suponer que para sus dueños podrían tener más valor simbólico que funcional o económico, ya que al morir eran inutilizados, perdiendo su parte funcional y quedando como un mero recuerdo de su poder y alta posición social dentro de la comunidad.

Alabarda de la tumba 58 del yacimiento de Fuente Álamo
Alabarda de la tumba 58 del yacimiento de Fuente Álamo

Conforme avanza el tiempo y nuevos trabajos sacan a la luz un mayor número de este tipo de armamento, las tipologías van cambiando y abarcando un panorama mucho mas diverso del pretendido por los que se dedican a su estudio, pues dificulta su trabajo en gran medida. Parece corroborado que para establecer una tipología válida habrá que atenerse no sólo a la forma del objeto sino, también, a su procedencia y a su cronología. Algo que fue obviado en los primeros intentos.

Se debe tener en consideración que pese a encontrarnos ante una cultura pionera en el trato con el metal y la elaboración de herramientas y objetos a partir de él, sus métodos de extracción y de producción aún no habrían alcanzado un alto nivel de intensificación por lo que el aprovechamiento debería ser una máxima social.

La cronología de los mayoría de los enterramientos que aparecen con ajuar se corresponde con el período de máximo esplendor de esta cultura. De este modo, se puede entender que en época de “vacas gordas” hasta la cultura más pragmática y utilitarista se permite concesiones, o al menos, una parte de su sociedad. ¿O acaso poseían un simbolismo tan diferente al nuestro que no somos capaces de visualizarlo ni entenderlo? Su cerámica también presenta muchas incertidumbres a esta cuestión por lo que será comentada en otro artículo.

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