La forma de ‘piel de toro’

En Orientalia hemos elegido para representarnos la imagen del pectoral del Tesoro del Carambolo, no sin una clara intencionalidad. Tras nuestro más que prolongado parón, no se nos ocurre mejor formar de retomar las publicaciones que explicando el  origen de este símbolo, su significado y por qué genera tanta controversia entre los investigadores.

En los últimos años han suscitado un creciente interés de estudio y re-interpretación los altares en forma de “piel de toro”, característicos de la cultura tartesia e ibera. Estos altares han sido localizados en la segunda fase del santuario fortificado de Cancho Roano (500-450 ANE) en el monumento funerario de Pozo Moro (s. VI ANE) y en otros muchos emplazamientos, tanto en formato de altar como de bienes mueble.

Deidad del lingote de Enkomi

Deidad del lingote de Enkomi

Los primeros hallazgos de artefactos con esta forma se relacionaron con el keftiu o lingote de cobre de origen chipriota. Una estatuilla hallada por Schaeffer en 1963 durante la campaña de excavación de un sector de la ciudad de Enkomi dio lugar a la postulación de muchas y diversas teorías acerca de la forma de la base en la que se apoya la figura. Desde el inicio fue relacionada como elemento de prestigio, algo completamente corroborado. El “Dios del lingote”, como fue bautizado, se pensó que era una deidad protectora de los comerciantes y de las transacciones comerciales. La forma de la base, en la que los apéndices de los extremos serían los asideros que facilitarían la carga y descarga, se pensó como la idónea para transportar los lingotes de cobre con los que la isla siempre tuvo asociado su desarrollo.

No obstante, estudios posteriores y más pormenorizados han mostrado que los santuarios en los que se encontró ésta y otras estatuillas similares estaban en las proximidades de venas mineras y talleres metalúrgicos; de otra parte, se ha demostrado que el sacrificio de animales en dichos santuarios, muy especialmente de bueyes, era de suma importancia y regularidad. Son dos datos de sumo interés que han cambiado e influido sobremanera en la valoración del significado de la forma de piel de toro. Es más, el hecho de que en Chipre dicha forma estuviese relacionada con la metalurgia y la forma de los lingotes no tiene por qué significar que ocurriese así en otros puntos del Mediterráneo.

Éste puede ser otro de esos casos en los que la misma simbología o ritual tienen un origen y un significado diferente pese a guardar las mismas apariencias. La documentación egipcia nos muestra como existe un ideograma de la escritura jeroglífica que representa la piel de un toro o buey, con su rabo, atravesada por una flecha, para el verbo sti (atravesar, traspasar); mientras que este mismo signo combinado con otros se lee stjw, es decir, beduinos asiáticos. Se conserva así conciencia de relación entre las grandes placas de cobre en forma de piel de toro y la afición de los faraones del Imperio Nuevo de lanzar sus flechas contra estas placas sujetas a un poste flanqueado por dos beduinos.

También es bien conocido el caso del nombre de la primitiva Cartago, Byrsa (término griego para la piel de buey), que aludiría al hecho de que su territorio había sido delimitado por una piel de este animal, que a su vez conlleva la trampa urdida por Elissa para ampliar ese territorio (de la que hablaremos muy pronto).  Son muchas las tradiciones fundacionales que mencionan un sacrificio previo del animal, seguido del reparto de su carne entre los habitantes que la van a habitar. La relación ciudad-buey es una constante en el marco del Mediterráneo.

El valor simbólico de la piel y su forma no acaba aquí. Hay razones suficientes para atribuir a estos altares distribuidos por el todo el Mediterráneo, la forma de la piel de toro y, a través de la documentación escrita, suponer el carácter sagrado de la misma, que procede del sacrificio de este animal, considerado la ofrenda más prestigiosa, en razón no solo de la esencia y espíritu del animal, sino de su precio en el mercado. De ahí las diversas tradiciones que relacionan la piel con la firma de tratados, acuerdos de tipo de militar y demás pactos de alto rango, incluyendo los compromisos adquiridos respecto a la fundación de las ciudades. De ese modo, la forma de la que estamos hablando conservará un carácter sacro cuyo origen probablemente llegó a olvidarse.

Parece que esta forma en su representación en los altares, en un primer momento, y orfebrería y otros elementos muebles, posteriormente, evocaban la forma del más preciado animal de sacrificio, sin que quepa atribuirles conexión directa con divinidad alguna como en un principio se pensó.

Tanto en el caso de los testimonios chipriotas como de los que se dispone en la propia Península Ibérica y demás regiones del Mediterráneo es conocido que el sacrificio más valioso era el del buey, de ahí que fuera utilizado siempre en los actos de carácter público. El ejemplo mejor documentado lo encontramos en las hecatombes griegas.

Otro punto importante es que esta forma aparece asociada a multitud de deidades en diversos ámbitos y culturas, siendo el único factor en común el del sacrificio ritual. Por lo tanto, el encontrarnos altares con forma de piel de buey no parece, siempre a la luz de la documentación actual, que sean indicativo de la presencia forzosa de una deidad fenicia u oriental en otros áreas fuera de esa región si no más una asociación ritual a cualquier tipo de deidad, ya fuera autóctona o exógena.

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